Cuando el termómetro sube en París, la sensación de calor suele ser mucho más intensa que en otros sitios. Esta sensación no es solo una impresión: se trata de un fenómeno bien documentado llamado «isla de calor urbana». Y según varios estudios científicos recientes, la capital francesa es una de las ciudades europeas más expuestas a sus efectos.
Un estudio publicado en The Lancet Planetary Health analizó, entre otras cosas, más de 800 ciudades europeas para evaluar su vulnerabilidad ante las olas de calor. París aparece en él como una de las metrópolis donde las consecuencias para la salud de las olas de calor son más preocupantes.
Una de las peores ciudades europeas para pasar una ola de calor
El problema no radica únicamente en las temperaturas que registran las estaciones meteorológicas. Gran parte del problema radica en cómo se ha construido la ciudad. El hormigón, el asfalto, las fachadas minerales y los tejados oscuros absorben el calor durante todo el día y luego lo van liberando poco a poco por la noche. El resultado: mientras que las zonas rurales cercanas empiezan a refrescarse tras la puesta de sol, algunos barrios de París siguen conservando un calor intenso durante varias horas.
Durante la ola de calor de 2003, se observaron diferencias de varios grados entre el centro de París y las grandes zonas boscosas de la región. En algunas zonas muy urbanizadas, la temperatura puede incluso mantenerse alta toda la noche, lo que impide que los habitantes se recuperen como es debido.
La densidad urbana acentúa aún más el fenómeno. Los edificios tan juntos a veces forman auténticas trampas de calor donde el aire circula con dificultad. Las calles estrechas, los grandes complejos de edificios y ciertas zonas de negocios con mucho hormigón limitan la salida natural del aire caliente.

Por el contrario, los elementos capaces de bajar la temperatura siguen siendo relativamente escasos en toda la ciudad. Sin embargo, el agua, los suelos naturales y, sobre todo, los árboles desempeñanun papel esencial. Gracias a la sombra que proporcionan y a la evapotranspiración, los espacios verdes pueden reducir significativamente la temperatura percibida.
De hecho, esto explica las diferencias, a veces espectaculares, que se observan entre algunos barrios. Las zonas cercanas a los grandes parques, los bosques o las zonas residenciales arboladas suelen ser mucho más agradables durante las olas de calor que los barrios más densos del noreste de París o ciertas zonas muy urbanizadas de la pequeña corona.
Ante esta realidad, las autoridades locales están impulsando cada vez más proyectos de reverdecimiento. Los bosques urbanos, la plantación de árboles, los patios de los colegios convertidos en oasis de frescor o incluso la desimpermeabilización de los suelos forman ahora parte de las principales medidas que se barajan para adaptar la capital al cambio climático.
Porque, aunque París sigue siendo una de las ciudades más atractivas de Europa, su modelo urbano se diseñó en una época en la que las olas de calor eran mucho menos frecuentes. Con el calentamiento global, ya no se trata solo de hacer que la ciudad sea más agradable: ahora se trata de hacerla más habitable de cara a los veranos que vienen.