Hay sitios en París que son mucho más que simples lugares donde comer. El mercado de los Enfants-Rouges era uno de ellos. Entre almuerzos improvisados, escapadas gastronómicas y pequeñas costumbres de barrio, esta institución del Marais, con ese toque especial de alma, tenía ese «no sé qué» que nos hacía querer volver una y otra vez. Ahora que el mercado ha sufrido un incendio, recordemos esos pequeños placeres que le daban todo su encanto.
1. Cuando te apetecía viajar sin salir de París

Un bocadillo largo como un brazo en Alain Miam Miam, un cuscús «tan bueno como allí» en Le Traiteur marocain, una parada en la excelente Table du Marché donde te ponías a cambiar el mundo con los amigos, sentados alrededor de una buena botella… En el mercado de los Enfants-Rouges, bastaban unos pocos pasos para hacer viajar a tu paladar y darte un festín con los amigos.
Esa era toda la magia del lugar: bajo el mismo mercado, los antojos se mezclaban y cada uno podía encontrar lo que le apetecía. A veces veníamos con una idea muy concreta en mente, pero acabábamos cambiando de opinión al ver los platos de los vecinos. Te sentabas a la mesa, comprabas algo que no siempre necesitabas de verdad, te enfrentabas a las largas colas delante de algunos puestos… Y quizá ese sea el mejor recuerdo de Les Enfants-Rouges: un sitio al que ibas a comer, pero donde siempre tenías una buena razón para volver a probar algo diferente.
2. Cuando un almuerzo improvisado se convertía en el mejor momento del día
No hacía falta reservar mesa con tres semanas de antelación ni pasarte veinte minutos eligiendo un restaurante. El mercado de los Enfants-Rouges tenía ese toque espontáneo que tanto nos gusta en París: quedábamos con amigos, dábamos una vuelta por los puestos, dudábamos ante los mostradores y al final nos dejábamos llevar por el apetito. Una comida que debía durar una hora podía alargarse fácilmente. Y, sinceramente, ¿quién se iba a quejar de eso?
3. Cuando el mercado nos recordaba que París también se vive en la barra
En una época en la que se multiplican los locales de moda, Les Enfants-Rouges conservaba ese encanto especial de los sitios a los que vienes tanto por el ambiente como por lo que hay en el plato. Allí te cruzabas con gente, a veces comías un poco apretado, te tomabas tu tiempo para observar los puestos y el ajetreo a tu alrededor. Nada espectacular, solo esa energía viva e imperfecta que es la esencia de los mercados parisinos… Y sobre todo de este.
4. Cuando recordábamos que este lugar había atravesado los siglos

Fundado en 1615, el mercado de los Enfants-Rouges se considera el mercado cubierto de alimentos más antiguo de París. Detrás de sus puestos y mostradores había, pues, más de cuatro siglos de historia. ¿Lo más sorprendente? Podías comer allí sin siquiera pensar en su pasado. Sin duda, eso era lo que hacía que el lugar resultara tan entrañable: formaba parte de la historia de París, pero seguía profundamente arraigado en la vida cotidiana de sus habitantes.
5. Cuando te dabas cuenta de que no era solo un sitio para comer bien, sino mucho más que eso
En el fondo, lo que nos gustaba de Les Enfants-Rouges no se reducía a un plato en concreto. Era también un ambiente, un lugar de encuentro, una decoración familiar, una parada imprescindible en un paseo por el Marais y un pedacito de la vida parisina. Veníamos a comer, pero a veces nos íbamos con el recuerdo de una comida entre amigos, de un descubrimiento culinario o de una tarde de sábado que había dado un giro inesperado.
¿Y ahora qué?
Tras el incendio, queda una pregunta en el aire: ¿qué es lo que más echaremos de menos de este mercado? ¿ Un puesto favorito, un plato que se había convertido en imprescindible, una costumbre de fin de semana o, simplemente, el placer de volver a encontrar ese ambiente tan especial?
Porque más allá de las paredes y los puestos, los lugares que realmente importan son aquellos en los que acumulas recuerdos. Y el mercado de los Enfants-Rouges sin duda tenía aún muchos más que contar…