A unas pocas horas de París en avión, la segunda ciudad de Noruega ofrece esa mezcla bastante poco común entre el bullicio de una gran ciudad y la tranquilidad de la naturaleza. Aquí, las montañas enmarcan los barrios históricos, los ferris se cruzan con los barcos pesqueros y pasas de una callejuela empedrada a unas vistas espectaculares en cuestión de minutos. Si buscas una ciudad diferente y quieres alejarte del bullicio de la capital, ¡este es el destino perfecto!
Para empezar la visita, es imposible no quedar cautivado por Bryggen, el antiguo barrio hanseático que lleva siglos dando fama a Bergen. Las famosas casas de madera con sus fachadas de colores parecen casi irreales cuando se reflejan en el puerto. Detrás de estos edificios, declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, se esconden hoy talleres de artesanos, galerías, cafeterías y algunos callejones estrechos donde aún se respira el ambiente del gran puerto mercantil que fue Bergen en la Edad Media.

El mercado de pescado, situado en los muelles desde el siglo XIII, también nos recuerda hasta qué punto el mar moldea la identidad de la ciudad. Allí puedes degustar tanto salmón ahumado como gambas nórdicas, cangrejo real o fletán, en un ambiente que sigue siendo sorprendentemente acogedor a pesar de la afluencia veraniega. Un buen punto de partida para descubrir la gastronomía noruega.
A continuación, basta con unas pocas paradas de funicular para ganar altura. Desde el monte Fløyen, Bergen cambia por completo de aspecto. Los tejados rojos descienden hasta el puerto, las islas se perfilan en el horizonte y los fiordos parecen extenderse hasta el infinito.

La cercanía de los fiordos también explica por qué Bergen se ha convertido en uno de los mejores puntos de partida para explorar la costa oeste de Noruega. Hay excursiones que te llevan al Sognefjord, el fiordo más largo de Europa, o al Hardangerfjord, famoso por sus huertos y sus cascadas.
Durante mucho tiempo considerada como una simple parada de camino a los fiordos, Bergen se impone ahora como un destino por derecho propio. Su patrimonio, su ambiente marítimo, sus vistas panorámicas y su acceso directo a algunos de los paisajes más bonitos de Noruega la convierten en una escapada estupenda para alejarte de París.